De camino a casa siempre me encuentro con ese carro tan especial de sopaipillas, que es muy renombrado en la villa, al cual yo observo desde lejos.
Quedo plasmado al ver el talento que tiene la mujer de cara alargada.
A la cual la sonrisa no le falta nunca y que lleva puesta ropa totalmente manchada de aceite, pero que se siente orgullosa de su laboriosa profesión.
No tarda en llegar Juan, mi vecino que es un jaranero empedernido, el cual disfruta yendo al burdel 3 veces por semana como lo comentan las vecinas que compran las sopaipillas de la once.El siempre antes de irse a trabajar capea el hambre con la especialidad de esta mujer a la cual le tiene mucha apreciación por la forma en que la trata.
El reloj marca las 6, indica que es la hora de que llegue el tumulto de gente al carro, donde trituran dicho alimento, tan censillo después de un largo día de trabajo.A esa misma hora se ve llegar a don Pedro Ruminaldo un viejo intelectual, vicario de la municipalidad, que siempre trata de figurar entre los vecinos con sus propuestas de una comunidad mas unida. El cual yo creo es un adicto al producto ya que todos los días compra 10 sopaipillas solo para el.
Cuando ya pasan las 10 de la noche y el ambiente se empieza a apaciguar quedando el carro desamparado, yo me acerco para comprar mi tan esperada sopaipilla, al comerla veo como ella empieza acomodar sus bártulos para incursionar el regreso a su hogar.
Yo intervengo y la ayudo a llevar su carro, ella me sonríe como siempre y esconde sus manos quemadas por el aceite.
Cuando llegamos a casa ella me lleva a la cama y me besa la frente, puedo darme cuenta de que todo es totalmente reciproco.
Esa noche no pude dormir porque me dio insomnio.
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Bastoh!
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