Golpeo la puerta, toda la casa retumbo por un momento.
Estaba devuelta y venia a buscarme, a aclarar todo lo que sentía en su corazón, el quería descargar toda esa ira que llevaba dentro.
Subió las escaleras más fuertes que nunca. Yo al oírlo me escondía entre las sabanas, las cuales se convertían en mi escudo protector.
No quería verlo, le temía y sabia que venia hacerme daño.
Entre golpes a las paredes apareció, se paro en el umbral de la puerta, por unos segundos y me busco.
Al encontrarme me tomo como cuando nací, entre sus brazos pero ahora era diferente, Sentía un odio incontrolable hacia mi. Yo era su peor enemigo en estos momentos.
Solo lo mire a los ojos, a esos ojos que profundizaban mi corazón que podían saber lo que yo estaba pensando y sintiendo. Tenía miedo y no me sentía capaz de poder enfrentarlo.
El me apretaba los brazos y me pedía explicaciones, yo confuso solo atinaba llorar.
Era mi única solución, tal vez podría evadirlo o ablandarlo. Pero no, ahora era diferente, su corazón ya se había hecho inmune a mis lágrimas y esta vez ellas no me salvarían.
Oí unos llantos que no puede distinguir, podría ser mi madre o hermanos.
Sentía mi cuerpo pesado, mis piernas se desvanecían poco a poco, mientras el seguía gritándome en la cara. En ese momento mis labios se abrieron lentamente, temblorosos y expulsaron un ¡sí!, Todo se detuvo ya no sentía su manos pesadas en mi, sus ojos cambiaron a lagrimas, me dejo caer al suelo y se marcho.
Sentí un gran alivio pero luego entendí que ya nada seria como antes, las risas desaparecerían, el nunca más me amaría. Ya que yo nunca podría llegar a ser lo que el esperaba de mi.
Todo tomo su curso como antes pero ahora nadie me respetaba. Mis hermanos se revelaron, mi madre se hizo adicta a las pastillas, el se convirtió en alcohólico y yo comencé a escribir.

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